EIDOLON nació como una silueta sin nombre, una sombra que caminaba entre los ecos de lo que aún no era. En su mundo, todo parecía inalcanzable. Las luces eran solo reflejos lejanos y las voces del pasado repetían la vieja canción: la de no tener forma, la de no pertenecer.
Pero fue justo en ese eco donde encontró su fuerza: si nada lo definía, podía serlo todo.
Cada paso que dio talló su contorno. Cada caída le enseñó un nuevo trazo. Cada duda fue un color más sobre su piel etérea.
Así, Eidolon entendió la verdad más profunda:
No se trata de encontrar tu forma, sino de crear una nueva, cada vez que el mundo intenta borrarte.
Hoy no es un espectro del pasado, sino un reflejo de todo lo que ha superado. Un recordatorio viviente de que incluso lo intangible—el miedo, la esperanza, el deseo—puede transformarse en poder cuando se le da un propósito.
