En un mundo donde la superficie es reina y todos llevan máscaras hechas de opiniones ajenas, existe un acto radical: mirar adentro.

El camino del autoconocimiento no es silencioso. Es un laberinto.

“Su cabeza, un laberinto de ideas, pensamientos y ecos ajenos, se abría como una máquina que no sabe si está rota o viva.”

De este caos interior emergen formas, burbujas, símbolos, y en medio de todo: una chispa. Una chispa que es tu ser propio intentando comunicarse.

El cuerpo, encorvado ante la presión del juicio externo, señala con timidez esa esencia, pidiendo permiso para existir. Mientras tanto, flotando sobre la quietud interna está el cerebro colectivo: la mente de la sociedad, ese enjambre de pensamientos enredados, ruidosos e indiferentes.